Jesús Faría

Ensayos

17.abr.2013 / 10:38 am / Haga un comentario

Las victorias electorales del pueblo y la reacción de la burguesía

El 7 de octubre se demostró la enorme vitalidad de la revolución bolivariana. Después de 14 años de gobierno, en los que cualquier gobierno burgués del mismo signo partidista se hubiese desgastado inexorablemente, el Comandante Chávez obtuvo una victoria arrolladora sobre una cruzada imperial. Esta victoria preparó el terreno para otra de gran significado el pasado 16 de diciembre.  

No obstante, después de estos avances la revolución vive un momento de grandes desafíos a raíz de la enfermedad del Comandante Chávez.

La contrarrevolución, a pesar de estar severamente debilitada a lo interno, desata una nueva arremetida para torcer el rumbo de las grandes transformaciones que vive la patria.

Luego de fracasar por la vía electoral, del golpe de Estado, del sabotaje petrolero y paro empresarial, en esta coyuntura lo intentan a través del “golpe institucional”, pretendiendo utilizar para ello a la AN. Descaradamente, acusan al gobierno de “ilegal” y de fraguar un “golpe contra la Constitución” para ocultar sus verdaderos propósitos. Como juiciosos aprendices de las prácticas imperiales, siguen al pie de la letra el método aplicado en Paraguay.

Paralelamente, promueven un clima de inestabilidad que conduzca a la ingobernabilidad. Estimulan focos de desorden que enciendan un caos generalizado, del cual, a su vez, debe surgir un movimiento insurreccional que justifique una intervención extranjera.  

El centro de su cálculo es el apoyo internacional (mediático, diplomático y militar), proveniente fundamentalmente de los EE.UU., así como la capacidad -tremendamente subestimada- de defensa del pueblo venezolano y sus diferentes expresiones organizativas, incluyendo la militar. 

Movilizaciones del 10 y  23 de Enero, mecanismos de disuasión

La discusión generada en torno a la interpretación del Artículo 231 de la Constitución no era simplemente un debate jurídico, sino esencialmente una expresión de la encarnizada lucha que se lleva a cabo en el país en función, por una parte, de la necesidad histórica de seguir avanzando en la aplicación de un programa de transición socialista y, por la otra, la obcecada pretensión restauradora del régimen puntofijista, por la otra.

Toda decisión o propósito político, de mayor o menor importancia, requiere de una fuerza real, social y política, que garantice su viabilidad. En ese sentido, la sentencia del TSJ que dictaminó a partir del principio de la continuidad del gobierno y pospuso la juramentación del Presidente Chávez como acto formal,  requería de una demostración de fuerza para su acatamiento y para aplacar los propósitos conspirativos.

El 10 de enero se produjo una inmensa movilización popular que expresó, más que un mensaje, un instrumento de disuasión a las aventuras inconstitucionales.  Una nueva y multitudinaria movilización se llevó a cabo el 23 de enero que, además de la connotación disuasiva, ratificó que nuestra revolución encarna la continuación histórica de las luchas del 23 de enero de 1958.

Entre tanto, en la movilización anunciada por la oposición ese mismo día no había mucho en juego para la derecha, franco repliegue a raíz de todas las derrotas sufridas. Además, buena parte de la oposición ha puesto en marcha un plan conspirativo, donde las manifestaciones de calle más que demostrar superioridad persiguen desestabilizar. Pretenden perturbar la acción de gobierno y proyectar una imagen torcida de la realidad nacional, especialmente importante para sus amos imperiales.

Así comenzó el plan contra Libia y Siria, casi inofensivo, a lo que le siguió una escalada brutal. En este caso, lo más difícil es arrancar el  plan y eso es lo que andan buscando.

Dolorosas experiencias históricas revelan que una revolución incapaz de defenderse es derrocada. La tarea consiste, entonces, en movilizar al pueblo, mantenerlo en máxima tensión y elevada capacidad de lucha para derrotar los planes conspirativos.

La correlación de fuerzas y la estrategia revolucionaria

La lectura precisa de la correlación de fuerzas es crucial para el diseño de una estrategia revolucionaria acertada.

La derecha ha sufrido dolorosas derrotas, que han provocado serias divisiones y ha debilitado sensiblemente a la MUD. Ha perdido fuentes clientelares vitales (5  Gobernaciones), lo que se ha traducido en una muy reducida capacidad de movilización, evidenciada en la ausencia de despliegue en las calles en la puesta en escena de su plan de desconocer la sentencia del TSJ.

Sin embrago, la oposición no está aniquilada, no podemos subestimarla. Dispone de poderoso apoyo mediático. El respaldo y financiamiento exterior es sustancioso.. Los grupos económicos son su soporte material.

Por su parte, el chavismo se ha convertido en una fuerza social y política maciza, que descansa sobre poderosas estructuras organizativas en lo social y, especialmente, en lo político, donde destaca el PSUV.

Contamos con un programa de gobierno, que nos guía en el transito al socialismo; con un fundamento ideológico, que nos garantiza coherencia política y sintetiza el bolivarianismo y el socialismo científico; con el extraordinario liderazgo de Chávez;  pero sobre todas las cosas, con una profunda raíz social.

Sobre la base de la supremacía revolucionaria es imprescindible acelerar la transición socialista. No hay espacio alguno para la conciliación con la burguesía, para las concesiones a sus intereses. Esto significaría estancarnos en el pantano del reformismo, abandonar el rumbo de las grandes transformaciones y, por lo tanto, la muerte de la revolución.

En momentos de creciente confrontación política y de superioridad indiscutible de nuestras fuerzas es absolutamente necesario comprender que la condición natural de la revolución es el movimiento, los cambios y la ofensiva.

Esto, obviamente, no significa sacrificar las conquistas revolucionarias de mano de un rumbo ultraizquierdista, de radicalismos destemplados, posiciones que actualmente expresan sólo diminutos grupúsculos extraviados en la historia.

Lucha de clases, clase obrera y el PSUV

Una ley fundamental de la sociedad explica, que la profundización de la revolución exacerba la lucha de clases. La creación de nuevas estructuras de poder siempre genera una respuesta virulenta de las viejas clases dominantes.

En este contexto, recae sobre la clase obrera un rol crucial. Por su dimensión, rol socioeconómico e intereses históricos, es la clase obrera la única clase social capaz de dirigir al pueblo en la lucha por demoler al capitalismo y construir un sistema basado en la libertad y la justicia.

Sin embargo, la clase obrera venezolana aún arroja un bajo grado de organización sindical y político, con importantes niveles de dispersión y divisiones. La penetración de las ideas socialistas en el seno de esta clase social todavía es insuficiente.

Paradójicamente, un proceso hecho a la medida de los intereses de la clase obrera, la encuentra con serias limitaciones, herencia dolorosa de la dominación burguesa, que entendió acertadamente que su hegemonía dependía del debilitamiento de los trabajadores como fuerza social.

Ahora bien, elevar el rol de la clase obrera no constituye un proceso espontáneo. Esto hay que inducirlo, dirigirlo. Es el partido, comprendido como vanguardia de esa clase social, su parte más avanzada por su conciencia y organización, a quien le corresponde esa tarea.  

Esta es, sin duda, una de las exigencias más relevantes que recae sobre el PSUV en la coyuntura actual. Se hace impostergable impulsar una línea política de acción en el seno de la clase obrera, que la convierta en esa fuerza fundamental que reclama la revolución.

Ningún proceso histórico avanza en una dirección determinada, si no hay una clase social que lo guíe. Este rol le corresponde en la transición socialista a una clase trabajadora cada vez más organizada, unida y consciente.

Estabilidad política, crecimiento económico y bienestar social

La estabilidad política es uno de los principales patrimonios de nuestra revolución. Esa condición es indispensable para el desarrollo de una gestión gubernamental basada en el orden y la continuidad.

No es por casualidad que el principal objetivo de la derecha consiste en alterar el orden político reinante. Sin embargo, no han tenido éxito. Han chocado contra un muro indestructible.

La estabilidad es el resultado de la solidez de nuestras fuerzas. Esta se sostiene en la confianza y el respaldo del pueblo (incluyendo el pueblo armado) hacia el gobierno bolivariano. 

De este factor depende en buena medida el crecimiento económico y el desarrollo de las fuerzas productivas, las cuales, a su vez, consolidan la soberanía del país y permiten elevar la capacidad del Estado para desplegar políticas sociales de extraordinario impacto en el pueblo.

Esto nos obliga a planificar cuidadosamente el proceso productivo y elevar al máximo los niveles de eficiencia. La lucha contra el derroche, la improvisación, las pérdidas y las corruptelas juegan un papel de primordial relevancia.

Piedra angular del crecimiento económico y las Misiones sociales es la estrategia de soberanía petrolera, que ha permitido recuperar los precios del petróleo, poner los ingresos petroleros bajo el control del Estado, invertirlos en función de las necesidades de la patria y fermentar la integración regional.

En ese contexto, la conspiración apunta en contra de los aspectos más sensibles del desempeño socioeconómico del país: a) se despliega la especulación para golpear los salarios de los trabajadores; b) se intenta perturbar el crecimiento de la economía para generar desempleo masivo; c) se estimulan expectativas devaluacionistas para generar presiones inflacionarias; y d) se torpedea a PDVSA y la política petrolera del país para minar la columna vertebral de nuestra economía.

Esos tres factores (estabilidad, crecimiento y bienestar) operan como una especie de triangulo mágico, que garantiza un equilibrio esencial para acelerar la transición al socialismo en condiciones de orden social y cierra el paso a la contrarrevolución

Estado y revolución

La conquista del poder político para suprimir el régimen socioeconómico imperante es la tarea fundamental de cualquier revolución. Ella define qué clase social dirige el Estado. En torno a ese punto gira la dialéctica de las revoluciones.

Lenin planteó a comienzos del siglo XX, basado en la experiencia de la Comuna de Paris, la necesidad de abolir la maquinaria estatal burguesa, diseñada para la dominación del pueblo por parte de los capitalistas, y construir un Estado del pueblo trabajador para permitirle el ejercicio directo del poder.

Ese Estado debe surgir de lo más profundo de las raíces populares, rompiendo con la lógica burguesa de acumulación de riqueza y poder. Esto implica, en nuestra revolución, un largo y tortuoso periodo de desplazamiento de la institucionalidad burguesa por el poder popular. 

Nuestra revolución debe crear: un nuevo poder, el poder popular;  un nuevo actor social hegemónico, el pueblo trabajador; una nueva forma de ejercer el poder, contenida en una vigorosa democracia popular; una nueva lógica del poder, fundamentada en los intereses de los trabajadores; una nueva institucionalidad, las comunas como formas del autogobierno… La materialización de la doctrina socialista en las masas populares constituye el cimiento de ese nuevo poder, ese es el anclaje de la revolución en las más profundas raíces de la sociedad. 

En el contexto de la construcción del nuevo Estado, la unión cívico-militar es una de nuestras mayores conquistas y, a su vez, de las mayores garantías para la viabilidad de la revolución.

Con ella neutralizamos uno de los mecanismos predilectos de la contrarrevolución: los golpes de Estado militares; y le arrebatamos un instrumento clásico de disuasión, coacción y represión empleado contra las fuerzas revolucionarias.

Una revolución democrática no puede darse el lujo de ceder el monopolio de las  armas a su enconado enemigo. El programa militar de la revolución impone el trabajo sistemático en el seno de las FANB, a los fines de incorporarla a la construcción y defensa de la patria. Los avances en el sector militar demuestran los dramáticos cambios producidos en el seno del Estado venezolano.

“Sin partido revolucionario no habrá revolución”

La revolución es obra de las masas trabajadoras, en tanto que su accionar depende de su organización y claridad política. Por ello, se impone la necesidad de dotarlas de una vanguardia que las guie y organice.

Como ya hemos dicho, el proceso de educación y organización del pueblo trabador no es espontaneo. Para ello requiere de una poderosa vanguardia, el partido. Crear ese partido constituye el proyecto político de mayor importancia en el enorme reto de enfrentarse a un enemigo tan poderoso como el imperialismo y una tarea tan compleja como la construcción del socialismo.

Se requiere de un partido muy numeroso, de masas, capaz de guiar la revolución en todos los escenarios. A su vez, este partido debe estar compuesto por militantes de comprobada capacidad política, cuadros. Debemos masificar la producción de cuadros políticos al calor de la lucha de clases.

La profundización de la revolución provoca la agudización de la lucha de clases, reclamando la mayor organización de la clase trabajadora. Bajo estas condiciones, el partido debe estar estrechísimamente vinculado con estas masas y sus luchas. Sólo así puede interpretarlas correctamente, gozará del prestigio y autoridad para guiarlos.

Ese partido tiene que fundamentarse en una ideología sólida, que  fusione el pensamiento de nuestro Libertador con la concepción científica del socialismo de Marx y Lenin. En tal sentido, no basta con los enunciados, es necesario sembrarla en la conciencia de los trabajadores, transformarla en una “fuerza material”. De allí, la enorme importancia de convertir al partido en una gran escuela, desplegada en el cumplimiento de las tareas de la revolución.

Debemos consolidar todas las estructuras del partido, especialmente las organizaciones de base, entendiendo que el partido es un sistema de organizaciones basadas en métodos de trabajo como la democracia, la participación, la disciplina y la dirección colectiva.  

Imperialismo vs. Revolución

La esencia del imperialismo es el expansionismo territorial y económico, la explotación de nuestros pueblos y riquezas naturales, así como la injerencia sistemática en los asuntos de los pueblos del mundo.

La historia del siglo XX en América Latina y el Caribe estuvo signada precisamente por el intervencionismo y el saqueo. Ni una sola de nuestras naciones ha quedado al margen de ese flagelo.

En ese sentido, las políticas de integración bolivariana impulsada por el Comandante Chávez han traído resultados extraordinarios para nuestros pueblos y, en particular, para el pueblo venezolano.

Nuestro nuevo modelo de desarrollo, diseñado en función de los principios socialistas y rebelado a la sumisión imperial del pasado, es viable en buena medida en razón de esa nueva realidad regional. La integración bolivariana, así como las relaciones estratégicas con importantes potencias planetarias, han impedido el aislamiento de la Revolución, objetivo clave de los enemigos internos y externos de la patria.

La integración, además de potenciar la fortaleza económica de nuestras naciones, ha conformado un polo de poder que sirve de contrapeso a la obsesión expansionista del imperialismo estadounidense. Es un muro de contención contra la injerencia imperial.

Incluso la OEA, por mucho tiempo llamada “Ministerio de las colonias de los EE.UU.”, tuvo que reconocer, a la luz de la nueva correlación de fuerzas hemisférica, que la decisión de la AN y la sentencia del TSJ en relación a la continuidad del presidente Chávez al frente del gobierno, es un hecho ajustado a derecho.

Seguir profundizando los procesos integracionistas, cultivar los vínculos desplegados con potencias como China y Rusia, así como ampliar las relaciones internacionales con gobiernos, partidos políticos, movimientos sociales y pueblos hermanos se convierte en una tarea fundamental de la revolución.

En síntesis, las grandes transformaciones revolucionarias pasan ineludiblemente por la abolición de las caducas estructuras de poder de las élites y sus  odiosos privilegios. Esto exige el máximo nivel de lucha de las fuerzas revolucionarias, pues en esos cambios está incubada la contrarrevolución, mas virulenta en la medida en que se radicalizan los cambios.

La masificación consecuente de la política revolucionaria y el arraigo de las ideas socialistas en la consciencia del pueblo serán  cruciales para las próximas elecciones municipales, pero fundamentalmente en la consolidación de los 5 objetivos históricos del Programa de la Patria.

 

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